En ese preciso momento,
Al alcanzar la cima,
comprendí la fugacidad del tiempo.
Abierto de brazos,
Alma entregada a la altura,
El viento arreciaba, disipaba, curaba.
Sus golpes, tratando de espabilarme.
Golpes de vida,
Nunca fui consciente de estar tan vivo,
Y en ese estado de lucidez
Inhalar cada volumen de aire
fue la mejor receta.
Todo tenía un sentido,
Es la naturaleza
El gran rompecabezas de lo animado e inanimado,
Quedaba resuelto semejante misterio.
Entendí que las personas somos proclives al miedo.
Algunas se arman de corazas de cerámica
Manufacturadas por alfareros de codicia,
Donde la pureza se ha perdido
Y, faciles de resquebrajar,
dan lugar a la dependencia.
El miedo a un apego enfermizo,
contaminante,
Un apego que desgarra las carnes
de quienes lo abren.
El miedo al negativo cuando el positivo lejano
No es divisado como opción.
Todo ello, un soplo de aire fresco,
Lo vi pasar.
Con su melodía de acordes menores,
No pude más que sentir lástima.
Ojalá no se cubrieran de nada,
Ojalá obviaran perseguir el sol al atardecer,
Pues, si fría la luna es,
Bajo su blanco manto,
Muchos kamikazes se encontraron
Dando paso a un nuevo amanecer.
Percibí sones de toxicidad,
Su música de guerra se alejaba.
Sentí escalofríos y pavor
Pero tenía el aire y la altura.
Y me di cuenta de que era lo único que necesitaba,
Un pequeño instante en el que parar,
No pensar,
Tomar un poco de aire
Para poder seguir adelante.